En Gran Bretaña, la Familia Real también cumple, paso a paso, con las tradiciones que marcó su antecesora, la reina Victoria. Por ejemplo, a principios de diciembre la Reina y el duque de Edimburgo se encargan del envío de cientos de postales para las felicitaciones por las fiestas a sus amigos, familia y al personal, las casas reales del mundo, el Gobierno británico y de la Commonwealth.
Luego la Familia real se traslada al palacio de Sandrigham. Un entrañable lugar donde la Familia Real puede dedicarse a adornar las estancias y, en especial, a la decoración del árbol en el Small Drawing Room. Alli, para el día 24, es cuando se reúnen y esperan la llegada de la Nochebuena.
Aqui, la comida se sirve con puntualidad británica, la cual se inicia a la una de la tarde. El pavo sustituyó al más exquisito, y difícil de hallar, cisne real en 1851. Y de postre, el pudin de ciruelas. En la sobremesa, a las tres en punto, se sientan todos en torno al televisor para ver en diferido cómo la Reina se dirige a los ingleses. Una costumbre que su padre, Jorge V, inició en 1932, con el discurso que dirigió a sus ciudadanos a través de la radio.
El día 25 la Familia Real acude a la iglesia de Norfork, a Santa María Magdalena, para asistir a los servicios religiosos de la Natividad. La Soberana, acompañada de la Reina Madre, de su esposo, Felipe de Edimburgo, de sus hijos, el Príncipe de Gales, la princesa Ana, y los príncipes Andrés y Eduardo, y de sus nietos, no falta jamás a su cita con la misa de la esperanza y de la renovación.
Y para el 26 de diciembre se mantiene la celebración del Boxing Day, pero de una manera mucho más mundana: Felipe de Edimburgo, sus hijos y algunos de sus nietos salen al campo a cazar faisanes… Mientras tanto, la Soberana recorre sus propiedades a lomos de uno de sus alazanes y la Reina Madre, cultiva, frente a la pantalla del televisor, una de sus grandes pasiones: las carreras de caballos.
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